De iguanas y embalses

Autor: Ángel Montero Lamas.

 

¡Mira qué tiempo! ¡No se puede hacer nada con este tiempo! Estas y otras opiniones se escuchan a menudo cuando llueve, dando el pistoletazo de salida a conversaciones mundanas sobre lo ajetreado de cada día. Y los españoles, cuál familia Buendía, esperan en Macondo a que la lluvia escampe para poder hacer algo.

 

O eso podría parecer por la convicción con la que lo dicen.

 

En verdad, los deseos de sofá y manta no detienen la vida cotidiana, afortunadamente. Las protestas que reclaman un sol perpetuo, una fiesta inagotable, un calor adormecedor, hacen parecer a sus emisores iguanas tropicales en busca de su tan preciado astro.

 

Los asombros ante el vendaval y ante la lluvia asombran a su vez por su repetición. Al escucharlos nos parece estar en el día de la marmota, allá por febrero.

 

¡No recuerdo una lluvia así! Dice uno. ¿Nieve en enero? La primera vez que la veo, dice otro con canas en su pelo. Y uno se pregunta ¿de verdad acaba de descubrir el hielo? ¿ese qué se congela en bloques y se mantiene bajo cero? Y el asombro del asombro produce un flash, una interrupción del pensamiento. Por un momento nos sumergimos en él misterio. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser tanta la sequía para algunos y que otros sigan pidiendo calor? ¿cómo puede ser que unos embalses amenacen con reventar y otros esten muriendo de sed? ¿cómo unos pueblos sumergidos enseñar sus tejados y campanarios y sus descendientes alabar la “buena” temperatura? Porque la temperatura es de carne y hueso. Es como una cuñada con la que hablas. Y como las cuñadas, tiene voluntad y poder de decisión. O al menos eso piensan algunos.

 

¿cómo es posible que mientras los polos, ellos tan lejanos, se van al traste, nosotros estemos aquí deseando un día más de verano, en diciembre?