ENTREVISTA: “Del secuestro no hablo”

El 30 de marzo de 2014, tres periodistas españoles secuestrados en Siria regresaban a casa tras pasar 194 días de cautiverio. Marc Marginedas, Javier Espinosa y el protagonista de esta entrevista que quiso que omitiera su nombre, como una reivindicación de la labor anónima del fotógrafo (mensajero de vidas y realidades mucho más importantes que él mismo). Fue una petición, creo yo, espontánea, poco coherente con la profusión de premios y la cobertura mediática que los puso a los tres en el foco de la noticia tras su liberación.

Desafortunadamente, tres años después de esta entrevista, Siria no parece más cerca de la paz que entonces. Ya son seis los años de un conflicto que se ha cobrado más de 200 mil vidas. Algo ha cambiado en Occidente y es la percepción de su internacionalización y complejidad. Ingenuo, falso y ridículo parece ya el enfoque que se perpetuó durante un primer periodo mediático: el de una guerra civil entre rebeldes y fieles a la dictadura. Las fuerzas armadas sirias (la Syrian Arab Army o SAA) siguen en el punto de mira y ahora mismo disputan el control de la ciudad de Alepo. Las facciones enemigas se han multiplicado: entre ellas, el temido Daesh y otras agrupaciones de signo terrorista. Países como Rusia, Turquía y Estados Unidos no esconden su participación determinante  con  apoyo armamentístico, financiero y de tropas.

Casi nada ha cambiado. Las palabras de este fotógrafo español que ha seguido de cerca el conflicto interesan en 2016 como en 2014.

Laura Cano. Madrid. Abril/2014.

  «Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías, mientras gobiernen mis días mantequillas y pan tierno». Luis de Góngora.

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Inmóviles como fotografías, las citas grabadas sobre el suelo del Barrio de las Letras recuerdan a los españoles ilustres. Me paro a leerlas porque tengo tiempo. Llego un poco pronto al bar «La Platería»,  que encuentro al final de la calle Huertas, aunque lo habría encontrado al principio si hubiera querido entrar por el paseo del Prado, pero he caminado desde Sol, y también bajo un sol primaveral muy agradable.

La impuntualidad a la inversa en España parece casi una incorrección, una extravagancia. Por suerte, el grupo que me espera es flexible, también mi entrevistado. Acostumbrados a culturas diversas, con viajes y conflictos muy recientes en la mochila, periodistas y fotógrafos disfrutan hoy de un reencuentro entre colegas. Gobierna el día la sobremesa, la broma y la risa fácil. Pero estas personas, pienso, son los otros a los que dejó Góngora los asuntos serios del mundo, con sus monarquías y gobiernos.

–Te presento a Walter Astrada.

–Encantada.

–¿No sabes quién es?

–No…

Creo que lo mejor es confesar mi falta, una vez cometida y corregida demasiado tarde. A Walter Astrada no le importa que no lo conozca o que acabe de conocerlo y que, a la vez, desconozca todo de él. A mí, como mínimo, me da apuro. Horas después descubro sus trabajos y el apuro se convierte en penitencia y una profunda admiración. Astrada ha orientado su carrera fotográfica a los grandes proyectos y a las exposiciones y conferencias. Le interesan, sobre todo, los derechos humanos. Tras toparse con una noticia de Médicos Sin Fronteras acerca de las violaciones en Liberia, decidió emprender un proyecto fotográfico internacional sobre la violencia contra las mujeres. Durante seis años acumuló material de cuatro países: Guatemala, India, República Democrática del Congo y Noruega. Su hipótesis inicial, «que la violencia contra mujeres no respeta ningún poder, religión o  clase social», quedó sobradamente demostrada.

La violencia es el eje magnético de todos los problemas del mundo. Atrae los objetivos de las cámaras y sirve al periodismo como un criterio más de lo que es noticia. Los periodistas la sufren también como gremio, en el ejercicio de su profesión. Durante el acto por el Día Mundial de la Libertad de Prensa, celebrado en La Casa Encendida el 3 de mayo de 2014, y presentado por Rosa Montero e Hilario Pino, violencia y libertad se presentaron como los dos polos en desequilibrio de las realidades sangrantes. Una de estas realidades es la dictadura en Eritrea, donde Reporteros Sin Fronteras sigue los casos de dos periodistas encarcelados por el régimen de Isaías Afeworki, de los que apenas se reciben noticias. La otra, la Guerra de Siria que, según el Observatorio Sirio de Derechos humanos, se ha cobrado ya 130.000 vidas (4.600 mujeres y 7.000 niños), suma ya tres años de conflicto. Recién llegado de aquella realidad y secuestrado ahora por sus padres, mi entrevistado insiste en que estas cifras deben difundirse («ponlas»), y que su nombre como fotógrafo secuestrado y recién liberado ni siquiera importa («no debería aparecer»). Perpleja ante semejante transgresión del género periodístico, pienso en la confusión que esto va a suponer para el lector. Un día después de nuestra conversación, mi entrevistado recibe el Premio Internacional de Periodismo 2013, junto a Javier Espinosa y Marc Marginedas, compañeros también de cautiverio.

ricardo

ACENTOS: Has estado en Afganistán, Libia y Siria, conflictos que, como todos, tienen una duración mediática. La misión del fotógrafo ¿acaba cuando estos conflictos caducan en los medios?

R: La misión del fotógrafo termina cuando el conflicto deja de existir no cuando lo deciden los medios que, al final, se mueven por modas mediáticas o intereses económicos.

A: Entonces el fotógrafo tiene poder de decisión en lo que es noticia.

R: El fotógrafo freelance tiene poder de decisión en la selección de los temas que desea que sean noticia o que, al menos, intenta que lo sean.

A: Empezaste en campos de refugiados…

R: En Tindouf, sí, hace doce o quince años.

A: ¿Es importante dejar testimonio de lo que sucede después del conflicto, de la desprotección de los desplazados?

R: Sí, por supuesto.

A: Hay tres preguntas fundamentales que, has dicho, debe hacerse un fotógrafo. Una de ellas es «¿qué vas a sacrificar?» Kapuscinski decía que «el primer elemento de nuestro oficio es aceptar el sacrificio de una parte de nosotros mismos». ¿Cuál es esa parte?

R: Eso depende de cada uno, de lo que se esté dispuesto a sacrificar. Puede ser tu vida personal o puede ser tu vida profesional a ciertos niveles porque, al final, tienes que hacer una elección, y toda elección implica una pérdida de otras cosas que podrías llegar a obtener. Yo me pregunto justamente eso: ¿Qué vas a sacrificar? ¿Hasta dónde quieres llegar? ¿Cuánto tiempo vas a hacerlo?

A: Cuando se trata de reporterismo de guerra, ¿el sacrificio puede ser la sensibilidad? ¿Sabes que vas a perder parte de ella por el camino?

R: No, al contrario. El reporterismo de guerra saca lo peor del hombre y la sensibilidad se agudiza mucho más. Kapuscinski decía que «los cínicos no sirven para este oficio».

A: Otra cita de Kapuscinski: «el verdadero periodismo es intencional, aquel que se fija un objetivo e intenta promover algún tipo de cambio». ¿Qué tipo de cambio puede intentar promover un fotógrafo en una zona de guerra?

R: Básicamente mostrar lo que está sucediendo. Si no hay fotógrafos, periodistas o personas que difundan lo que esté sucediendo, no sirve para nada. Esa historia queda en el olvido. Si no lo cuentas no existe.

A: ¿La motivación principal es la influencia?

R: La motivación principal es dar voz o intentar dar voz o gestionar la historia de esas personas para que tenga la mayor difusión posible y eso influya en el público. Lo que pasa es que, lamentablemente, eso no funciona así. La mayoría de la gente no tiene éxito y, ahora quizás, sirve más la acción directa de las ONG sobre el terreno que el  propio periodismo. Una ONG tiene una labor directa sobre la población, resultados tangibles que se traducen en un beneficio. Nosotros intentamos hacer algo, pero la mayoría de las veces no es factible.

A: ¿Es difícil percibir la consecuencia de dejar testimonio?

R: Actualmente, sí. Porque no hay un resultado tangible a corto plazo.

A: Decíais en el acto de RSF que ahora mismo existe una laguna informativa porque cada vez es más peligroso cubrir zonas en conflicto.

R: Al final, nosotros, todos los que nos dedicamos a esto, periodistas, fotógrafos etc. dejamos testimonio de algo, y ese testimonio sí que puede influir en las personas que toman las decisiones. Puede que, al primer día, esa persona vea la fotografía y pase la página, también al segundo día vuelva a pasar la página pero, si ve esa fotografía cien veces, tal vez diga: «aquí hay que hacer algo». Pero sí, es importante que haya esa cobertura siempre porque, si nadie lo cuenta, no existe.

A: ¿Es posible volver y apartarse de aquello? Tengo la impresión de que los fotógrafos de guerra vivís en mundos paralelos…

R: Aquí ya vivimos en un mundo paralelo. Europa, Estados Unidos, Australia, por ejemplo, viven en una especie de burbuja en la cual la gente es ajena a lo que ocurre en otras partes del mundo que, yo creo, tiene mucha más importancia que la forma de vida que tenemos aquí. La gente se olvida de una realidad paralela que no lo es.

A: Has publicado en medios internacionales pero insistes en ser freelance. ¿Por qué?

R: Porque al final el freelance decide dónde, cómo, cuándo, por qué, y eso marca mucho la diferencia porque no estás condicionado a ningún medio por una moda mediática o por un precio económico o por lo que sea, por cualquier otro factor ajeno a ti. Así que tú decides qué aspecto quieres que prime en la historia que quieres cubrir.

A: Pero también estás mucho más desprotegido.

R: Sí, por supuesto. El freelance está mucho más desprotegido porque no lo ampara ningún medio. Al final haces de logista, fotógrafo y agente, y de otra serie de cosas de las que no te tienes que preocupar con un medio detrás. Los medios ponen a tu disposición unos factores que te ayudan a que desarrolles tu trabajo.

A: En el acto de RSF se habló de un cambio de tendencia. Se dijo que ahora los periodistas han pasado de ser un objeto de seducción en una guerra por parte de ambos bandos, a un objetivo a eliminar. ¿Es así?

R: Sí. Desde hace muchos años. Yo creo que esto empezó ya en la Guerra de Yugoslavia. Empezamos a ser objetivos.

A: Pero entonces aún se llevaban los chalecos visibles y la palabra «prensa» se escribía en el techo de los vehículos para evitar los ataques directos. ¿Ahora eso es inviable?

R: Yo, las pocas veces que utilizo chaleco, me lo pongo debajo de la camisa. Intentas pasar lo más desapercibido posible y las cámaras, según qué sitios, llevarlas ocultas. Si no lo haces, tienes más posibilidades de que te pueda pasar algo.

A: Entonces, ¿la identificación como periodista ya no protege?

R: En determinados conflictos, no. Hay algunos países que sí.

A: ¿En Siria?

R: En Siria, actualmente, no. El periodista es un objetivo. Pero también lo son los activistas y los médicos. El problema de Siria es que se ha descompuesto de tal manera que ya no hay dos bandos. Ahora hay siete Sirias u ocho o diez Sirias que están luchando entre sí y esos bandos luchan, además, contra el régimen. El país está totalmente desintegrado.

A: ¿Y por qué se sigue hablando de rebeldes contra el ejército de Al Assad?

R: Pues no lo sé porque ya no existe esto de un bando contra otro.

Siria se desintegra y los periodistas que aún osan cubrir el conflicto advierten de los peligros de un vacío informativo, y de usar a los civiles como fuentes sin contrastar. El reconocimiento le ha llegado a este fotógrafo como una celebración de su libertad, y no por ello su prestigio es menos merecido. Me aventuro a pensar que de su última experiencia en Siria, el cautiverio, le mortifica especialmente no haber podido hacer su trabajo durante seis larguísimos meses. No puedo confirmarlo pues ya me ha advertido que de este tema no debo preguntarle («del secuestro no hablo»). De su larga ausencia involuntaria que mantuvo en vilo a sus compatriotas, lo más importante ahora es su regreso. Los tres han vuelto y siguen en activo: Marc Marginedas, Javier Espinosa y el protagonista de esta entrevista cuyo nombre debe revelarse, no queda otra. «Bueno, pues que aparezca al final», concede. No cree, y yo tampoco, que esta periodista vaya a ser capaz de semejante desacato a los manuales de estilo. Me despido de él; de Ricardo García Vilanova.