Hipersexualidad mediática

Laura Cano. Madrid. 08/01/2017.

Se ha instalado un microclima pegajoso y aplastante en Baia Mare del que no es fácil olvidarse, ni siquiera en la ducha. Los voluntarios siguen con su rutina de verse todo lo que pueden, antes y después de cada hora de trabajo, pero funcionan con una nueva lentitud. Por suerte para ellos, no necesitan agilidad de movimiento ni de palabra; les basta con estar juntos. A mí también, después de dos meses, me basta verles congregarse para sentirme muy cerca de un nuevo descubrimiento. He tenido que venir a Rumanía para entender algo que creía saber ya: que lo importante es estar juntos. Y todavía más importante es estar juntos para lo que sea, con conversación o sin ella, incluso sin conocimientos de un idioma común.  ¿Por qué no lo he sabido de verdad hasta ahora? A veces, cuesta asimilar lo más sencillo porque descartamos su profundidad. De la sencillez tomamos solo su superficie. Además, suele ser la realidad particular del individuo la que le da la medida de todas las cosas. Yo vengo de una existencia que planifica sus encuentros. Todos ellos surgen del acuerdo mutuo, tienen un fin más o menos compartido y responden a una necesidad. De cada encuentro obtengo, al menos, una conversación, a menudo interesante para mí, que puede proporcionarme nuevas y valiosísimas perspectivas, aunque hace tiempo que ninguna me pilla totalmente desprevenida. Había aceptado la lección de que debe tomarse lo bueno, y seleccionar círculos y amistades, saber filtrar, como dicen, protegerse. Este aprendizaje, que parecía válido para cualquier contexto, se desmorona en cuanto se pierde el control del grupo y del contexto, sobre todo cuando el grupo convive cual manada de bisontes. Una se hace voluntaria en una ciudad rebosante de voluntarios que son los que son, por puro azar o destino. Y una, que también es la que es, se convierte en bisonte. La tolerancia que se creía poseer da entonces un vuelco, o se pliega para mostrar una nueva perspectiva, esta sí, totalmente imprevista.

No importa la finalidad intelectual de un encuentro, si la razón del encuentro es la mera convivencia. Y ni siquiera importan las expectativas de entendimiento. Estas premisas, al contrario de lo que hubiera creído hace dos meses, no le restan un ápice de calidad al encuentro sino que lo hacen más sencillo, auténtico y generoso, y no menos profundo. Para que esto sea así es preciso librarse de toda búsqueda personal o interés hacia el otro. El interés ha de ser por el otro, muy bajo en expectativas pero muy elevado en confianza y curiosidad pasivas. Los voluntarios de Baia Mare no buscan nada los unos de los otros; su único interés es pasar los días juntos y acompañarse en la experiencia. El respeto se da por sentado. No buscan nada y lo reciben todo.

He conocido el nirvana de la compañía. A él se llega desde la individualidad, expuesta sin adornos e integrada sin defensas en la colectividad. La he conocido solo en Rumanía, y solo desde la posición del testigo que se deja afectar por una observación de tipo sensorial. La fluidez que experimentaba entonces era una nueva suerte de relajación a la que no llegué rápidamente ni en la que tampoco me mantuve. No la conquisté pero sí llegué a intuir su existencia y su funcionamiento. Y la intuición es una forma poderosa de conocimiento, cuando se le presta atención.

El día en que un adolescente me toca el culo con un globo, mi intuición dicta que es el momento de dar una lección sobre acoso sexual y respeto. Hasta el voluntario local, un chaval de dieciséis años que nos sirve de traductor, se ha reído con la grosería. Congrego al grupo de irreverentes en la plaza del ayuntamiento, por darle mayor solemnidad a la charla. El chico responsable de la afrenta luce una mueca apática en la cara, además de un pendiente en la oreja y de un tupé trabajado con gomina. Sus compañeros no tienen muchas más ganas de escucharme. ¿Cómo se alecciona a la indolencia? Se me ocurre que sin rodeos. «Vosotros que habláis tanto de mujeres y de cuánto queréis conseguir una, deberíais saber que a una mujer no hay que tocarla si no te lo ha pedido. Ni con un globo. Aprendedlo ya para toda la vida». Las risas se han ido apagando y solo una chica se atreve a sugerir con guasa a sus compañeros que podrían tomarlos por pervertidos. «Pues sí». Me muestro absolutamente de acuerdo con ella. Pero lo importante es otra cosa; lo importante es estar juntos. Yo misma solo empiezo a asimilar esta lección y ya la estoy impartiendo. «Para estar con alguien, con cualquier persona y en cualquier contexto, tenéis que ser respetuosos. Debéis exigir respeto, pero para obtenerlo primero debéis respetar vosotros. Es indispensable que así sea para poder estar con gente. Nosotras os respetamos; respetadnos vosotros también. Así podremos estar juntos y pasarlo bien».

Jenny asiste a mi discurso tan atónita como los chavales. Habíamos planeado la jornada con una idea suya que n os parecía idónea para ellos. Queríamos imitar el proyecto de Kyle MacDonald, un canadiense de 26 años que consiguió una casa tras un año de trueques. Kyle MacDonald comenzó con un clip rojo, que cambió por un bolígrafo en forma de pez, y llegó a recibir una moto de nieve, unas vacaciones gratis en Yahk, una cena con la artista Alice Cooper y un papel en una película, antes de que la localidad canadiense de Kipling le regalara una casa y lo nombrara alcalde por un día para beneficiarse de su publicidad. Nosotros habíamos empezado el juego con varios globos en forma de perrito y de espada, cuando al quinceañero se le ocurrió insertar su globo espada en mi culo. Hubo que hacer un alto en el camino.

Afortunadamente, contamos con David, que es el más joven del grupo y el único entusiasta. Siempre habla por los codos y le apetece todo lo que proponemos. Me ha llegado a preguntar por la Guerra Civil española y si sobreviví a ella. Le he dicho que sí, gracias a haber nacido mucho después de aquel asunto tan feo. Se interesa hasta por mi discurso sobre el respeto a las mujeres que al pobre, a sus diez años, le queda grande. En cambio, el acosador quinceañero del globo ni me mira, pero creo que me escucha. Acabo la charla y les ofrezco a todos mi mano como muestra de camaradería.

Quiero que entiendan que somos amigos y por ello hacemos un trato de confianza y respeto mutuos. Sorprendentemente, parece que funciona un poco, porque los chicos más mayores se tragan la perorata y se van, pero el acosador del globo se queda con nosotros hasta el final del juego. No participa, pero observa los intentos de David, que está exultante porque un heladero le ha regalado un cucurucho de vainilla a cambio de nada. Lo chupetea mientras escoge transeúntes para proponerles más trueques. Y así pasamos de un globo a una horquilla, de una horquilla a una pulsera y de una pulsera a unos caramelos. El acosador del globo nos sigue taciturno, pero no pierde detalle. Al final de la jornada, todos nos hacemos una foto con nuestra última adquisición resultante de los intercambios: una cajita de té.

La idea de Jenny ha tenido éxito, a pesar del incidente del globo y de la deserción de una buena parte del grupo. David ha aprendido que con cortesía se pueden obtener resultados muy favorables y también algún rechazo que hay que aceptar sin aprensión. El chico del globo nos ha seguido hasta el final. Quiero pensar que mi discurso moralizante sobre el respeto ha dejado un poso y que no serán machistas.

¿Pero acaso se puede enmendar el efecto hipnótico de esa herramienta de persuasión que es el cuerpo de la mujer como objeto de placer y merecimiento masculino? Sub pielea mea es el hit rumano del momento. Lo interpreta el misterioso artista Carla’s Dreams, al que nadie ha visto la cara salvo, tal vez, su manager, y suena en los bares, restaurantes y comercios de todo el país. Tiene un ritmo pegadizo y decadente que me he aprendido ya de memoria sin quererlo, y un videoclip igual de popular que muestra a dos jóvenes entregados a una experiencia sexual con connotaciones de BDSM. Como casi siempre, ella aparece desnuda y él, no tanto.

Los chavales están deseando conocer el sexo y se les nota. Hasta que lo conozcan por ellos mismos, si no lo han hecho ya, solo lo conocerán a través de la industria musical y publicitaria. YouTube es la única puerta al mundo durante su adolescencia en un centro tutelado. Ausentes las referencias morales y la orientación para explorar y gestionar sus emociones y su creatividad, solo hay normas que cumplir hasta la edad dorada de la libertad. ¿Sabrán algún día que pueden querer y aspirar a que los quieran? ¿O seguirán hechizados por la hipersexualidad mediática?

Podría parecer que culpo a Carla’s Dreams del embrujo. Pero no. Soy una defensora, tal vez equivocada, de toda música o producto comercial o prefabricado del arte. Nada hace daño per se si no lleva el daño implícito. Defiendo hasta la utilidad del reggeaton para bailarlo, pues no sirve para mucho más, y admito que disfruto indecorosamente cuando me dejo llevar por su ritmo repetitivo y cutre. No presto atención a las letras, excepto si resultan ofensivas. También esas, a veces, si me pillan muy despreocupada o encima de una mesa, las puedo bailar. El decoro no sirve para nada. Es pretensión, contención amarga e inútil, no de los impulsos, como nos hicieron creer, sino del disfrute y las emociones. El sexismo, de hecho, puede ser muy decoroso, aunque hoy en día parezca predominar el exhibicionista, transgresor y chulesco, que también se fundamenta en el decoro. He conocido a hombres muy sexistas y, a la vez, muy decorosos.

¿De dónde procede el sexismo, entonces? Creo yo que de la puerilidad. Y también que la puerilidad y el sexismo son alejamientos del amor; de sus absolutos, universales y muy trascendentes consuelos. Cuando lo mundano cae en manos indignas que lo monopolizan y envenenan, ¿se debe renunciar a lo mundano? En el caso de los ritmos pachangueros, han sido las voces sexistas las que se han hecho con el control de la fiesta. Si culpara a la fiesta, si renegara de la libertad pachanguera que me ha regalado esta generación, todo me lo habrían quitado. Pero quisiera encontrar las auténticas herramientas de lucha, esas que provocan un cambio. ¿Cómo actuar tras ser consciente de que esta hipersexualidad mediática la controla un patriarcado opresivo y opresor? ¿Qué pensará Sara al respecto?

-Que es asqueroso.

-Sí

-Vomitivo.

-Sí

-Esa música debería prohibirse.

-Yo creo que solo algunas letras.

-Y la música.

-¿Por qué la música?

-Porque no es música.

-Prohibir la mala calidad solo beneficia a los jueces de lo meritorio.

-Y al resto, que se lo agradecemos.

-A mí no. ¿Qué bailaría yo en nochevieja?

-Otra música más decente, que también te gusta y menos mal.

-Sueño con un reggeaton cantado también por mujeres. La auténtica libertad de la sensualidad latina con letras no ofensivas y puestas al servicio del disfrute pachanguero.

-¿Un reggeaton que no hable de sexo?

-Que rezume sexo todo lo que quiera, pero jamás ofensivo ni denigrante para la mujer, ni para nadie.

-Tú sueñas mucho.

-Tienes razón. Deberíamos ponernos manos a la obra, tú y yo.

-¿Nosotras?

-Yo compongo y tú cantas.

-¿Y me contoneo?

-Todo lo que quieras.

-¿No tienes ya demasiados proyectos?

-Este de refundar el reggeaton ha entrado hace poco en mi lista de prioridades. Fue cuando me enteré de la polémica por la canción repugnante de Maluma.

-No la conozco.

-Habla de cómo se lo monta con cuatro babys y una le dice que se despreocupe por si la deja preñada, que ya se encargará ella de abortarlo.

Emoticono de espanto

-Esto no lo bailaremos jamás.

-No. Hay ciertas cosas que no pueden aceptarse, ni aunque te las disfracen de ocio.