Manuel Vicent: “Todos los grandes escritores de amor son los que no lo han conseguido”

Una entrevista de Laura Cano en exclusiva para Acentos.

Manuel Vicent me concedía esta entrevista en junio de 2013. Acababa de publicar El azar de la mujer rubia, sobre Suárez y la Transición, temas que todavía vienen a cuento y que abrieron nuestra conversación de más de dos horas al calor del verano de Madrid. Vicent tiene un discurso infinito. Posee, además, la vigencia de los autores “de huella”. Su rastro literario, aunque mediterráneo, hace tiempo que pasó de la arena al cemento urbano, al yeso indeleble. Desde aquel encuentro, Manuel Vicent ha vuelto a publicar: Radical libre, una colección de sus mejores artículos periodísticos en El País, para deleite de todos sus lectores de domingo. Al recuperar este texto, lo veo contagiado, a través de sus palabras, de esa condición suya de perpetuidad, de una actualidad perenne. Radical libre ha nacido desde entonces y El azar de la mujer rubia ya no es su última novela. La Monarquía en España ha cambiado también de rostro. Dicho esto, no he querido tocar apenas el contenido de todo lo demás, si acaso recortar para su versión impresa. He aquí la transcripción de las siete páginas de reflexiones interesantísimas que me regaló Manuel Vicent hace, ahora, más de un año.

Cualquier escritor, como cualquier persona, tiene suerte si consigue expresarse fuera del papel.  Manuel Vicent no es un escritor cualquiera, pero sí doblemente afortunado. Posee el don y el oficio, además de una prosa oral amable, refinada, y tan aguda en sus ideas que hace de la conversación con él un privilegio. La conexión con la vida no es su mera marca de identidad, sino su identidad misma. A Manuel Vicent le asoma el mar por la mirada porque lleva el Mediterráneo dentro. Y aunque habrá escuchado hasta la saciedad el cumplido, no por ello resulta menos cierto cada vez que un interlocutor se topa con sus iris azules, casi tan transparentes como sus palabras.

Escritor, periodista, articulista… Manuel Vicent comenzó de colaborador en las revistas Hermano Lobo y Triunfo. En 1966 ganó el premio Alfaguara por su novela Pascua y Naranja y en 1986, el premio Nadal por Balada de Caín. Además, obtuvo el premio de periodismo González Ruano en 1979 por su artículo No pongas tus sucias manos sobre Mozart Otros de sus títulos son Tranvía a la Malvarrosa (1997) y Son de mar (1999), ambas adaptadas al cine, La novia de Matisse (2001), la original colección de recomendaciones culinarias Comer y beber a mi manera (2006),  y Aguirre el Magnífico (2011), sobre el duque de Alba.

En su última novela, El azar de la mujer rubia, vuelve a la Transición española, época que conoce muy bien, y hace un repaso de la vida política en España desde el nacimiento de la democracia hasta 2008. Una de las peculiaridades de la novela es el protagonismo de Adolfo Suárez y su perspectiva de lo que aconteció, habiendo perdido ya la memoria. Lejos del género histórico al uso, El azar de la mujer rubia hace literatura de hechos fermentados. Suma, por tanto, memoria e imaginación, fórmula que a Manuel Vicent le ha dado siempre muy buen resultado. Su trayectoria narrativa lo avala como un escritor de prestigio y su renuencia a regocijarse en la fama le deja espacio para otros placeres. Sentado frente a un poleo menta, una cálida tarde madrileña de finales de junio, Vicent hila reflexiones sobre la modernidad, que luego despiezará y esculpirá en columnas de cuatrocientas palabras. El placer de encontrar sus artículos en la contraportada dominical de El País está reservado, cada semana, a sus lectores. A Manuel Vicent le quedan otros muchos, infinitos e inmensos. 

Su último libro, “El azar de la mujer rubia”, reúne a D. Juan Carlos de Borbón, Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera, tres actores fundamentales de la Transición. El nacimiento de nuestra democracia ¿todavía despierta interés en los lectores?

MANUEL VICENT: Interés y rechazo. Muchas veces, la gente no quiere saber nada de la Transición. A unos les recuerda unos momentos felices y maravillosos desde el punto de vista político cuyos sueños e ideales se corrompieron y se han terminado. Por lo tanto, sienten una especie de rechazo a un mundo que pudo ser y no fue. Otros, porque no la conocieron, la asimilan a toda la corrupción política que ha venido después. Pero ha pasado ya el tiempo suficiente para que la Transición se haya convertido en materia histórica literaria.

¿Es un escenario propicio para la novela?

M.V: Sobre La Transición se ha escrito desde todos los ángulos posibles. Yo me he servido del material político, que viví porque estuve allí en el Parlamento como periodista, para transformar todas aquellas vivencias, hechos políticos y crónicas reales, de manera que, a través del tiempo, haya fermentado la memoria y se haya convertido en literatura.

La pérdida de popularidad del monarca, ¿ha desvalorizado el significado de aquella etapa?

M.V: Por supuesto. Es casi una alegoría de toda la Transición. El monarca, que fue impuesto por Franco, fue legitimado por el golpe de estado del 23 F. Tal vez, la figura monárquica provocó el miedo escénico entre los que se levantaron. El Rey, yo creo, se legitimó en ese momento, aunque después ha habido muchas interpretaciones sobre su silencio, su actitud y su postura aquella famosa noche. Gracias al Rey se pudo salvar aquel escollo gravísimo del golpe de estado. Después, ha ido degenerando como toda la vida política en España. El Rey ejemplifica esa metáfora de la decadencia, no sólo política sino física. Cuando lo ves con muletas, deteriorado, lleno de corrupción en su familia, casi parece el paradigma de cómo ha derivado la Transición.

Entre la gente y la política hay un desencuentro absoluto”

El Rey ha perdido estima y Suárez la memoria. ¿Qué ha perdido el pueblo?

M.V: El pueblo ha perdido todo. Ahora mismo hay un desfase entre la gente de la calle y la política, un desencuentro absoluto. Por otra parte, veo la generación de los que protagonizaron la Transición, corruptos o no, y creo que en la sociedad de España, ahora mismo, hay una capa desconocida para nosotros, los de las generaciones anteriores, que es la capa de  los jóvenes. No sabemos realmente lo que hacen, lo que piensan, lo que les mueve o lo que sueñan. Hay unos estereotipos, bien porque se van de beca Erasmus, de botellón, a la biblioteca o bien de marcha. Existe un desconocimiento entre generaciones. Ahora mismo, hay una salida de la adolescencia y una primera juventud que está creando una capa social parada de la que no sabemos sus determinaciones, ni qué horizonte espera conquistar. No sabemos realmente lo que quieren. Sí sabemos que hay una desazón y un inconformismo,  propio de cualquier joven. El joven tiene una actitud moral casi innata frente a la injusticia. Pero yo no te sabría decir ahora mismo qué quiere, qué piensa, qué desea o cuál es el horizonte de la juventud.

Eso me ha dejado sorprendida.

M.V: ¿Por qué?

Porque creo que es posible que tengas razón…

M.V: Yo no soy un teórico ni sé nada de sociología. Veo que los niños de ocho, nueve o diez años van con su mochila cargada al colegio. No sé qué pasa en ese colegio, en ese instituto, en esos patios. Cuál es ese sábado que el joven de quince años tiene en perspectiva. Ese mundo digital, misterioso, al alcance de la mano, universal y planetario, inmediato y próximo… No sé la lucha de esa imaginación juvenil frente a los medios que les rodean, a la manipulación a la que pueden estar sometidos. No me lo explico.

¿Crees que estamos absorbidos por la tecnología o la revolución digital?

M.V: Yo creo que sí. Un adolescente sin móvil no es nada. Una noche de sábado, un adolescente que sale sin móvil no puede quedar con nadie. Y lo determinante no es el mensaje sino que lo mandes y que el otro esté conectado y te conteste rápidamente. Si la otra persona no está conectada, se pone uno nervioso. No digamos ya si hay una relación amorosa. Si te dice “te quiero muchísimo” y, al día siguiente, “te quiero mucho”; de muchísimo a mucho hay un laberinto. Si te manda un beso con tres admiraciones y al día siguiente con una sola admiración, empieza una tormenta increíble. Y si está desconectado, te pones nerviosísimo. Se valora muchísimo esa fracción de segundo que tarda en contestarte. Así que lo determinante no es el mensaje sino la rapidez.

Por otro lado, las plataformas se están forrando partiendo de que lo que te ofrecen es una cosa gratuita. Esa sensación de gratuidad, de que todo está en la nube, que todo es alargar la mano con los deditos y robar de las esferas, estar conectado con el que amas, tu madre, tu novio, te ata a una red. Ese enredo, no sé hasta qué punto te hace una persona libre. Cualquier llamada que hagas por Google llega hasta Tejas y allí queda grabada. Ahora mismo, si te consideras libre estás muy próximo al error.

¿Estamos regalando nuestra identidad?

M.V: Absolutamente. Porque lo que tú dices por estos medios no desaparece nunca. Pasa a las esferas y ya no eres propietario de lo que has dicho. Todo esto es un envoltorio para la juventud. Un sexto continente, digital, global, inexplorado todavía, que va a determinar la cultura, la moral, la belleza y la creatividad del futuro. Pero que aún es como ese continente en el que las naves están llegando a la costa, donde hay unos indios desnudos con las orejas puntiagudas y verdes que no sabemos quiénes son.

¿La primera consecuencia es que está erosionando nuestras relaciones?

M.V: Bueno, si tú tienes un amigo, le llamas por el móvil y no contesta, te pones nerviosísima. Si el otro está apagado, te pones muy nerviosa. Dime que sí o que no.

Sí, pero hay algo que pone aún más nervioso.

M.V.: ¿Qué?

Que el otro esté conectado…

M.V: ¿Y que no te conteste?

Sí.

M.V: Y que no te conteste rápidamente. Luego no es el mensaje, es la inmediatez, la prisa.

“La disyuntiva del futuro es ser hormiga o sospechoso”

M.V: …Esa niña que no contesta a su madre cuando llega a casa y se pone a hablar por teléfono en su habitación, reuniones de cuatro personas en las que cada una está hablando por teléfono con otras personas, y esas personas, a su vez, con otras personas, que no te importe nada la persona que tienes frente a ti…

¿Y cómo nos liberamos?

M.V: Llegará un momento en el que no tener móvil será un objeto de fascinación. Se ofrecerán playas sin cobertura. Así como ahora te venden playas desiertas que luego están llenas de gente, en el futuro te venderán playas sin cobertura, vacaciones sin móvil. Serás libre, serás tú. Recuperarás tu identidad, el contacto con la gente de alrededor. Te gustarás por ti mismo, no por lo que oigas o veas de ti.

En el mundo ha habido fronteras permanentes. Ahora mismo estamos ante la frontera de lo digital, de lo táctil, de la rapidez en la comunicación, sin otra necesidad más que la angustia de estar conectado. Es la angustia de estar en la red, enganchado, de sentirse un insecto  atrapado por la red. Si no eres insecto, si no eres una hormiga, eres sospechoso. La disyuntiva de un futuro es hormiga o sospechoso.

¿Cuánto tiempo le das a este momento para que se convierta en material literario?

M.V: Bueno ya hay muchos que escriben sobre ello.

¿Como literatura?

M.V: Como ciencia ficción. Esta es la materia, ahora mismo, de los sueños.

Lo que mejor funciona en literatura son las frustraciones”

No obstante, siempre defiendes que hay que dejar pasar el tiempo para poder obtener, de lo que ocurrió, material literario. ¿No se puede hacer literatura sobre hechos recientes?

M.V: Yo creo que no. Sí se puede hacer pero yo creo que la imaginación en literatura es fundamental. Y para la imaginación tienes que dejar pasar el tiempo. Memoria más imaginación es literatura.

¿La nostalgia sirve de herramienta literaria?

M.V: No. La nostalgia, no. Sirve la melancolía. La nostalgia es barata. Además, parte de un principio falso que es que ahora estás mal y antes estabas bien. Ahora eres viejo y antes eras joven. Ahora eres pobre y antes, rico. Antes todo era fantástico y ahora, un desastre. Eso no funciona. Funciona baratamente. Lo esencial en los grandes clásicos es la nostalgia hacia delante, que es la melancolía. Un amor que se ha perdido, que pronto se va a acabar el tiempo… Lo que mejor funciona en literatura son las frustraciones: un amor que no has conseguido, alguien que te ha abandonado, un tiempo del que queda poco, un último verano. Eso es literatura. Pero decir: qué guapo era yo de joven, eso es una bobada. Todos los grandes escritores de amor son los que no lo han conseguido. La literatura siempre nace de una frustración, de una impotencia. La literatura es crear un mundo que deseas desde uno que no te gusta. Todos los que han escrito de amor de verdad son aquellos que no han tenido un amor verdadero, sino que lo han soñado. Por eso, los mejores poemas de amor son los de la adolescencia, épocas turbulentas en las que hay una timidez congénita. Esa imposibilidad es la materia del amor. También en ese señor mayor enamorado de una mujer joven que se siente ridículo pero joven por dentro.

La seguridad en uno mismo ¿está sobrevalorada?

M.V: Para un escritor es la muerte. Es ser un chulo. Encima de escribir, que ya es algo exhibicionista, chulo. El escritor siempre tiene que ser un poco desvalido. La esencia de la literatura es esa: un desvalimiento. Lo mejoras con la literatura, con el adjetivo, con lo que sueñas, con lo que deseas. Esas mujeres jóvenes, guapas, espléndidas, con éxito, que tienen amores, no van a escribir de amor. No saben lo que es el amor. Saben lo que es el éxito, el éxito amoroso o sexual. Pero el amor literario siempre es producto de un deseo inalcanzable.

Pues qué desasosiego para el escritor…

M.V: Es que éste es un oficio horrible (risas)

¿Hay que aspirar al fracaso para aspirar a la literatura?

M.V: La vida misma es un fracaso. ¿Qué no es un fracaso? Esta vida termina mal. En esta película, Brad Pitt muere. Y muere mal. No como un héroe. Si fuera escritor, Brad Pitt tendría que pensar que ese esplendor en la hierba, esa juventud, ese éxito, terminan. Y él tiene que percibir literariamente el fin de la belleza, el fin del placer. El límite, el placer que se acaba, el crepúsculo del atardecer, todo ello es la materia orgánica de la literatura, tal y como yo la entiendo.

Lo sensorial domina en toda tu obra, tanto en la descripción de la comida como del amor. ¿No hace falta teorizar cuando se trata de pasiones?

M.V: Para describir una pasión, hay que haberla vivido. Cuando lees a alguien, sabes si ese señor o esa señora ha vivido lo que está escribiendo. Si se ha enamorado, si ha sido engañado, si ha sido cornudo. Todo eso se nota.

¿Se nota de una manera distinta en hombres y en mujeres? ¿Hay una literatura femenina y una masculina?

M.V: Yo creo que no. Literatura femenina, ¿qué es? ¿Qué quiere decir? Por supuesto, una mujer escribe desde sus sensaciones de mujer. Es lógico. Siempre se ha dicho: ¿qué sabía Tolstoi de Ana Karenina? Nada. Quien sabía de Ana Karenina era Ana Karenina ¿Qué sabe un señor de las pasiones de una mujer? Nada. A lo mejor acierta o se acerca. Una mujer tiene que escribir sobre lo que siente y no se va a disfrazar de hombre. Tienes que escribir de lo que sabes, de lo que sientes. Si escribes de aventuras, siempre habrá una forma femenina de ver las aventuras, también en un hombre, pero eso no es literatura femenina, es literatura. Decir femenina es como desagradable. Suena hasta mal, como despectivo. Hay escritoras que escriben infinitamente mejor que muchos hombres.

El máximo placer siempre se produce en el momento en que está a punto de dejar de serlo”

Has dicho que el ser humano se mueve por placer. ¿Sabemos buscarlo?

M.V: Placeres hay muchos. El placer es como una sinfonía. El ser humano busca lo agradable, lo sencillo y cómodo, la ley del mínimo esfuerzo. Pero entre los placeres se encuentra desde un solo de clarinete de Mozart hasta una comilona. Hay gente que prefiere un solo de clarinete y otros prefieren un codillo. Ambos son placeres. Hay placeres refinados, sutiles, elaborados, sofisticados y hay placeres más groseros. Pero también son placeres. El mismo placer de estar bien. Uno de los placeres máximos: una mañana de abril, cuando uno se despierta y extiende la pierna hacia el lado fresco de la cama. ¿Eso no es un placer infinito? ¿El sol sale? Un placer. ¿El pájaro canta? Otro placer. ¿Llamas por el móvil y te contestan rápidamente? Otro placer.

¿Cómo nos relacionamos con el placer hoy en día? ¿Hemos abandonado la culpabilidad por la inmediatez?

M.V: Yo creo que sí. Ya no hay culpa. Aunque no lo sé. No sé qué placer buscan los adolescentes. Yo creo que ahora es todo más inmediato, más al alcance de la mano. Pero yo sigo pensando que, como decían los clásicos latinos y griegos, la máxima intensidad de placer siempre se produce en el límite donde el placer se convierte en dolor, en tragedia o en orgía. Y a la hora de hablar de placer, hablo de los cinco sentidos. El máximo placer siempre se produce en ese momento en que está a punto de dejar de ser placer. Se alcanza el límite y, yendo un paso más allá, ya no es placer.

¿Ese límite se alcanza con una dosis de esfuerzo previo?

M.V: Exactamente. Se alcanza por ascética. El máximo placer posible es el éxtasis de un místico. El fundir los cinco sentidos en un punto inmaterial y experimentar una explosión de placer, se consigue mediante una ascética, un sacrificio, un método, una práctica. Cuando hablas de conquistar un amor -conquistar a una mujer, por ejemplo-, la palabra conquista ya implica un sacrificio, una lucha.

Tiene que ser una conquista ardua, entonces, y no rápida

M.V: Depende de qué quieras conquistar. El placer máximo, el éxtasis, se consigue con un esfuerzo. A medida que vas elevándote en ese camino ascético, se va acercando el placer. A medida que subes el monte, va llegando el placer y cuando alcanzas la cima, allí se funden los cinco sentidos. Hay gente que puede unir dos. Y hay gente que consigue fundir los cinco sentidos a la vez en un choque cerebral. Eso es el éxtasis.

El placer con sacrificio es más placentero.

M.V: Sí, más. Y después hay un placer masoquista. El masoquismo es un placer, también. Hay gente que experimenta placer sufriendo, siendo abandonado o autoconmiserándose. Eso se da no solo en el amor, sino también en el juego. Cuando uno pierde mucho en la ruleta, esa sensación que da sentirse perdedor es un placer masoquista más profundo que la alegría de haber ganado.

Y el encuentro con el lector en la Feria del Libro ¿es un placer o una obligación comercial?

M.V: Es un horror (risas). Primero porque te mides frente a ti mismo. Si firmas, si no firmas, si el otro firma más o tiene más cola. Hacía diez años que no iba. Si firmas y viene gente agradable, está bien. Pero siempre es un desafío. Y si no firmas Y  la gente pasa y te mira y dice “pues está mayor” o “ah, este es fulano” y se equivocan de nombre. Otros cogen el libro y te miran… Pero yo no me puedo quejar. Suelo firmar unos sesenta libros. Son dos horas, así que dos libros por minuto.

¿Qué conclusiones obtienes sobre nuestros hábitos de lectura?

M.V: Hoy es todo muy mediático. Creo que hay unos lectores cada vez más secretos que buscan la literatura buena. Y otros que se dejan llevar por el sonajero de lo que sale en la tele, los mediáticos. Yo eso no lo considero literatura, aunque bienvenido sea si el mundo del libro no se va a tomar por el saco. Cuando ves esas colas de gente… ¡Pero también hay colas de gente que vale! Yo no tengo cola.

El culto al best-seller ¿está reñido con la cultura literaria?

M.V: No. Hay best-sellers buenos y best-sellers malos. Y hay libros muy buenos que no se venden y otros muy malos que tampoco se venden. Vivimos en un mundo de lo mediático. La desgracia hoy es la siguiente: antes era maravilloso que a un escritor no lo conociera nadie. Baroja se paseaba por la Gran Vía y nadie levantaba la cabeza. Pero ahora el autor es parte del producto. Tienes que salir, te tienen que ver físicamente. Y eso es un peligro porque, al salir en la tele, si caes mal, muchos sienten rechazo y ya no compran el libro. Y eso me pasa a mí. Muchos autores que salen en la tele me caen tan mal que ya no compraría su libro. Entras en el engranaje de la producción. Y una de las pegas es que eres más o menos famoso, sin necesidad de serlo. ¿Qué te soluciona ser famoso? No sirve para nada. Todo son incomodidades.

¿A qué escritor, vivo o muerto, le hubiera gustado visitar en la Feria del Libro?

M.V: Me hubiera gustado que me firmara Albert Camus. A los 18 años, cuando empecé a leer con la idea de que a lo mejor podría escribir, aunque eso es algo de lo que nunca se está seguro, estaba enamorado literariamente de Albert Camus. Si lo hubiera encontrado en la Feria del Libro, me habría desmayado. Entonces, el mundo de la literatura era más inaccesible. Yo quería ser escritor, así que la figura del escritor era lo máximo. No hay placer más intenso que desear conocer a esa persona. Aunque siempre te llevas una desilusión. Yo me he llevado muchas desilusiones al conocer a gente a la que admiraba. La gente a la que admiras, normalmente, si no les conoces, mejor.

Quizá el truco sea no idealizarlos.

M.V: No idealizarlos y verlos como personas, que se dedican a esto y ya está.