Mi tío Jacinto (1956) de Ladislao Vajda

por Bienvenido Picazo

Cuando se elaboran las tan socorridas listas de las mejores películas de la historia, resulta difícilmente explicable cómo esta obra maestra no aparece en el olimpo del cine español. De entre las muchas y buenas películas españolas de las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, esta película es una brillante muestra a la altura del mejor neorrealismo. Su director, el húngaro afincado en España, Ladislao Vajda merece un trato a la altura de su producción. Autor de esta joya y de alguna otra como la insólitamente trasconejada Carne de horca (1953), magnífico ejemplo de western hispano, castizamente envuelto en una historia de bandoleros. Mi tío Jacinto, es un folletín urbano, costumbrista, lleno de picaresca y ternura a partes iguales, donde Jacinto, interpretado por Antonio Vico, antiguo novillero de esquiva fortuna, llena con su patética dignidad, la pantalla en una interpretación para la historia. Qué decir del sobrino, Pablito Calvo, por cuya interpretación obtuvo el Premio del Público del Festival de Berlín del año 1956 y en cuya mirada se refleja la fatalidad de un tiempo de silencio y miseria y desesperanza. El largometraje, como sucede a menudo en el cine español, está secundada por un ramillete de imprescindibles actores secundarios, que dan todavía más fuerza y solidez al relato.

El tono de la narración mantiene, desde el primer fotograma, una tensión que hace que en ningún momento el relato desfallezca. La lacerante sordidez que envuelve toda la trama queda reflejada en cada plano, en cada secuencia, en cada diálogo. Desde la primera toma Vajda no deja que el espectador se distraiga y hace hablar a la cámara por ella misma. Cada encuadre es un poema. Los diálogos breves y precisos dan paso a múltiples historias, caballeros de industria y otros personajes que se cohesionan perfectamente alrededor de los dos protagonistas. La excusa del alquiler de un traje de luces para una charlotada nos invita a seguir una derrota grotesca llena de pesimismo y melancolía, todo narrado en un tono que huye de sensiblerías y lleno de avatares a mayor gloria de la mejor tradición de la literatura picaresca española. Agridulce por momentos el drama se ve sabiamente salpicado por continuos guiños a la ternura, imprescindible para soportar un relato tan duro. Sólo la impagable secuencia final justifica la película. Hay gente, en estos tiempos, que tiene severas dificultades para ponerse delante de imágenes en blanco y negro, ojalá Mi tío Jacinto les amplíe tan magro abanico cromático.