Mimos

Laura Cano. Madrid. 24/12/2016.

-¿Qué puta mierda de ciudad es esta?

No contesto a la pregunta porque es retórica y, además, me falla la respuesta. No tengo ni idea de qué puta mierda de ciudad es Bruselas. Sí sé que no es solo una puta mierda de ciudad, sino un tipo muy específico de puta mierda de ciudad. Aquí pasan cosas. Fuera de esta convicción, no tengo ninguna, y solo puedo recurrir a opiniones muy volubles porque cambian según las escucho de mi propia voz. Así que no contesto a la pregunta de Carla, pero me oigo parlotear, esgrimir argumentos y datos imprecisos que solo intentan justificar mi obstinación por seguir aquí. Sería más fácil si Carla hubiera preguntado qué ciudad es esta, sin adjetivos, pero ya lo sabe: la capital de Europa, el enclave geográfico de muchas decisiones políticas, una puerta al mundo y un reclamo para las grandes organizaciones mundiales y para los jóvenes muy formados. Ni siquiera todas estas razones son suficientes para explicar las cosas que pasan aquí, esas que pasan a ras de asfalto y no tienen una explicación fácil. Esas cosas las relaciono más con la decadencia de la ciudad que con su imperio de posibilidades presupuestarias y profesionales. Esas cosas las percibo y acumulo en sensaciones. Las he compartido muchas veces con Carla, que acaba de llegar y lo único que cree que le ha pasado es librarse de un atentado terrorista. Lo cierto es que acumula también unas cuantas anécdotas urbanas que me encanta oír, no porque sean nada extraordinario en Bruselas sino porque las cuenta ella. Carla es una de las poquísimas personas que pueden quejarse gratuitamente sin provocarme ningún malestar. La escucho siempre con placer, por su ingenio, y con interés, por su perspicacia. No es nada desagradable ni cínica y tiene una sensibilidad muy lúcida que ataca la incoherencia sin desaprensión, que critica sin crueldad y solo con justificada alevosía. Además, es gallega.

Bruselas es un recinto muy pequeño y muy compacto. Casi todo lo que contiene procede de fuera. El resultado es una mezcla muy heterogénea y densa de ambientes, personas, usos, costumbres, modales y poderes adquisitivos. La administración y el transporte funcionan por azar (mejor si se alinean favorablemente los planetas) y la competencia feroz se ha aceptado como el modus operandi de cualquier trámite. Raro es el ámbito que no exige competición al «bruselense». Hay que competir en los pasillos del supermercado solo para hacerse un hueco entre el caos de cestas rodantes, y en las visitas a pisos en alquiler, que se asemejan a una entrevista de trabajo en un lobby.

Carla ha vivido ya todo esto. Estaba prevenida. Sabía, también, de la militarización de la ciudad, de la alerta amarilla y naranja alternantes de la OCAM… Pero nadie había dejado aún de venir a Bruselas por miedo a un atentado inminente. Saber que va a pasar no significa creer, ni por asomo, que te va a tocar. Resulta que, cuando pasa, ya te ha tocado, aunque sigas vivo. Si la muerte nos buscaba a todos, y aunque pareciera que ha encontrado solo a unos pocos, ha encontrado a la ciudad entera. Cómo lo afronte cada ciudadano depende de su «chip» emocional.

Hemos caminado desde el café Belga de la Place Flagey hasta la antesala del Bois de la Cambre. Son solo quince minutos a paso tranquilo. Llegamos a los arcos que sirven de entrada al patio del Instituto Nacional de Geografía. El escenario parece sacado de otra ciudad, tan apacible y solitario. Le cuento a Carla que aquí me encontré hace poco con un mimo.

-¿Un mimo?

-Sí, un mimo

Fue la primera vez que visitaba este enclave, este reducto de paz, durante un paseo dominguero. Estaba, o eso creía, absolutamente sola. Quise asomarme a la puerta metálica que separa el Instituto Nacional de Geografía de unas instalaciones militares, a pesar de la señal que lo prohíbe. Me acerqué, curiosa y decidida, segura de mi impunidad. Entonces, del único vehículo aparcado en la plaza, una furgoneta junto al caminito prohibido que conduce a la zona militar, salió un mimo.

-¡¿Un mimo?!

-Sí, un mimo.

Llevaba la cara pálida, los labios pintados de rojo y la camisa veneciana reglamentaria. Me advirtió que no me acercara (Arrêt! C’est interdit). Lo observé con reticencia y dudé si hacerle caso.

-¿Qué caso se le puede hacer a un mimo? No sabes si te está tomando el pelo, como suelen.

Lo que realmente sucedió fue que no pude asociarlo inmediatamente con la autoridad, a pesar de que su mensaje era perfectamente cabal y apremiante: «cuidado, ya nos han advertido previamente a nosotros por acercarnos, hay cámaras y puedes tener problemas». Tuve que olvidarme de su aspecto y comprender que no era un mimo el que me hablaba, sino un tipo disfrazado de mimo, para aceptar la conveniencia de hacerle caso. El tipo disfrazado de mimo se preocupaba por mí, quería ayudarme.

-Igual que otros mimos disfrazados de tipos serios te quieren estafar y, de hecho, te estafan.

En esto, Carla tenía razón. Ah, las apariencias.