Moléculas y riñones

melisa-y-donald
Melisa López Antón, investigadora en diálisis peritoneal en la Universidad de Cardiff, y su supervisor, Donald Fraser.
Laura Cano. Madrid.

El 12 de septiembre de 2014, Francisco Fuster presentaba su libro ensayístico sobre Pío Baroja en la Librería Rafael Alberti de Madrid. Lo acompañaban su editor, Javier Fórcola, y Pío-Caro Baroja, hijo del sobrino del Baroja ilustrísimo del 98. El libro, Baroja y España, es la «destilación» de una tesis doctoral de 400 páginas sobre El árbol de la ciencia. Durante su ponencia, Javier Fórcola viaja atrás en el tiempo para reconocer que le entraron «escalofríos» como editor al oír hablar a Fuster de tesis doctoral con expectativas comerciales. Y, sin embargo, se atrevió con el reto. Sobre la marginación de los trabajos académicos, su destierro automático de la divulgación y el hermetismo de sus círculos, el autor, Francisco Fuster, expuso una opinión aperturista: «el público tiene ganas de saber en qué ha avanzado la investigación». La perspectiva de Fuster me sugiere una posible relación, aún más remota, entre la divulgación literaria y la científica. Viajo por el espacio-tiempo desde la Librería Rafael Alberti, cuyos asistentes a la charla se han instalado temporalmente en la Generación del 98, al no tan remoto mayo de 2014.

La membrana peritoneal y su tipo de diálisis

Mi flashback particular me lleva hasta el hall del Hospital Universitario de Cardiff (Gales, Reino Unido), con su pinta de intercambiador de autobuses. Los comercios de prensa y alimentación rodean una sala de espera con pantallas informativas. Allí me recibe Melisa López Antón. A sus 28 años, esta joven investigadora valenciana ha recibido una beca Marie Curie, enmarcada dentro del VII Programa Marco de Investigación de la Unión Europea, y va a hablarme del papel de los microRNAs en la diálisis peritoneal. Melisa me conduce a la zona de oficinas y laboratorios donde trabaja con su equipo. Estoy a punto de encaramarme a ese inmenso árbol que es la ciencia, con mucha dificultad y esfuerzo porque soy de letras. Pero Melisa no es solo joven y brillante, sino empática. Sabe adaptarse muy bien al desconocimiento y suaviza las explicaciones.

Resulta que todos tenemos una membrana peritoneal. Esta membrana cubre la superficie de las vísceras alojadas en la cavidad abdominal y es de vital importancia en relación con una de las tres vías que existen para el tratamiento de las enfermedades renales en las últimas fases. La primera solución y la mejor para el paciente suele ser el trasplante. Sin embargo, no es siempre posible y el número de donantes no es suficiente para cubrir la demanda renal actual. Como alternativa, existen dos tipos de tratamientos: la hemodiálisis y la diálisis peritoneal. La primera es la tradicional terapia de sustitución renal, que consiste en la limpieza de la sangre a través de un filtro o dializador dividido en dos compartimentos separados por una membrana semipermeable. Por el filtro circulan la sangre y una solución con un alto contenido en glucosa. Tras unas pocas horas de diálisis, la sangre queda prácticamente limpia. Los pacientes que necesitan de esta hemodiálisis deben acudir al hospital alrededor de tres veces por semana para someterse a ella. En cambio, la diálisis peritoneal puede hacerse desde casa. Este otro tipo de diálisis se hace a través de los vasos sanguíneos de la membrana peritoneal, una membrana natural que cubre la parte interna de la cavidad peritoneal. A través de un catéter se inocula una solución dializante en la cavidad peritoneal que facilita el intercambio de sustancias tóxicas entre la sangre y la solución introducida al paciente.

Limitaciones de la diálisis

«La diálisis peritoneal ofrece muchas ventajas en comparación con la hemodiálisis», explica Melisa. «Los riesgos médicos son menores, y la autonomía del paciente, mayor. Además, mejora su calidad de vida porque ya no está ligado a un hospital». Así que el paciente puede viajar y administrarse la solución sin ayuda del personal médico. Puede hacerlo solo o con la ayuda de un familiar. No obstante, el administrador de la diálisis debe pasar antes por un riguroso entrenamiento para prevenir infecciones.

Pero la diálisis peritoneal, a pesar de conceder ciertas ventajas respecto a la hemodiálisis, conlleva también algunas limitaciones, como el riesgo de infecciones y su inevitable fecha de caducidad. A estos problemas intentan dar repuesta los doce equipos dedicados a la investigación en diálisis peritoneal, formados cada uno por un estudiante de doctorado y su supervisor, que pertenecen al programa EuTRiPD (Programa Europeo de Investigación sobre Diálisis Peritoneal). Melisa trabaja bajo la supervisión de Donald Fraser, que acumula diez años de experiencia en investigación sobre Diálisis Peritoneal. Su equipo pertenece al Instituto de Nefrología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cardiff, y busca encontrar respuestas al papel de los microRNAs en la fibrosis de la membrana peritoneal.

El papel de los microRNAs

En este punto de las explicaciones, me acerco por fin al quid de la importancia de la línea de investigación en la que participa Melisa. «Piensa que estás poniendo en la cavidad peritoneal un volumen de fluido para el que no está diseñada. Por mucho que intentemos que el fluido de la diálisis sea biocompatible similar a los fluidos del paciente, es diferente. La cantidad de solución ejerce una presión anormal y fuerza a la membrana a hacer un trabajo importante y distinto de sus habituales funciones». Esto significa que a largo plazo el paciente puede sufrir un proceso progresivo de fibrosis que, en la mayoría de los casos es lento, pero conduce al fallo en la terapia y el paciente tendrá que cambiarla por la hemodiálisis. Las células que recubren la membrana (células mesoteliales) cambian de morfología y se convierten en miofibroblastos. Estas nuevas células tienen otras propiedades y secretan sustancias distintas. La membrana aumenta su grosor debido a una inflamación basal permanente y el proceso de fibrosis que entorpece la filtración y la diálisis. Aquí entran en juego los microRNAs, que sirven para detectar el estado de las células de la membrana y, por tanto, diagnosticar la calidad de filtración del paciente que se somete a la diálisis peritoneal.

«Lo más importante que debes saber sobre los microRNAs es que son moléculas muy estables. No se degradan tan fácilmente como muchas otras y sirven como biomarcadores porque nos dan una medida de lo que está sucediendo con la membrana». No podría haber recibido una explicación más sencilla de algo que intuyo tremendamente complejo. Por supuesto, existen muchísimos tipos de microRNAs. Melisa me cuenta que el equipo en el que investiga, bajo la supervisión de Donald Fraser, ha conseguido identificar dos tipos específicos de microRNA, cuya presencia aumenta considerablemente del primer al segundo tipo de células. Esto significa que podrían usarse como biomarcadores directamente extraídos del líquido utilizado en la diálisis para diagnosticar el estado de la membrana del paciente (más tarde descubro por el propio Fraser el mérito de su supervisada en el asunto). «Para ello, forzamos en el laboratorio los tipos de cambio de unas células a otras que se han visto en los pacientes. Medimos los tipos y cantidades de microRNAs que se expresan en unas y en otras. Luego estudiamos estos mismos cambios directamente con células de pacientes».

En el transcurso de mis propias investigaciones sobre mi objeto de estudio, que es Melisa, me he topado en su perfil de Facebook con una tira cómica sobre los estereotipos del trabajo científico. La gente tiende a creer que el investigador exclama algo así como «¡eureka!» durante sus experimentos. En realidad, en un laboratorio es más probable oír toda una retahíla de juramentos malsonantes. Entre blasfemia y blasfemia, avanza la ciencia.

Aunque no puedo imaginar al amabilísimo equipo de Donald Fraser maldiciendo al microscopio, sí entiendo que han hecho falta varios años para la identificación de estos dos microRNAs de los que hoy me habla Melisa. Y todavía este primer indicio de su utilidad para el diagnóstico del estado de la membrana habrá que probarlo en distintos pacientes. Solo tras la obtención de una amplísima muestra de experimentos, un bio-informático podrá convertir los datos en correlaciones o índices como los de los análisis de sangre. Melisa se muestra optimista: «con el tiempo, podría llegar a desarrollarse un método de detección rutinario, como un test de embarazo, que midiera el riesgo de fibrosis y nos dijera si el paciente está llegando al límite del tratamiento».

La necesidad de divulgación

A estas alturas casi me parece una omisión imperdonable de la prensa popular que no exista un conocimiento generalizado, en todas las capas de la sociedad, sobre los avances en diálisis peritoneal. Pero la prensa generalista no suele interesarse tanto por los avances como por los «descubrimientos» científicos. Así, parece que se ha llegado a ellos por un hallazgo sorprendente y aislado.

Melisa opina que «si la gente supiera y entendiera la importancia de lo que se está investigando hoy en ciencia, se escandalizaría mucho más con los recortes gubernamentales». Donald Fraser otorga también una importancia primordial a la responsabilidad divulgativa de las comunidades científicas. Su hospital organiza jornadas de información, los llamados «días abiertos» para pacientes y familiares sobre diálisis peritoneal. Además, es especialmente importante el networking entre investigadores. EuTRiPD organiza tres conferencias anuales para los distintos equipos de trabajo, todos ellos sobre diálisis peritoneal, en una de las universidades europeas involucradas en el programa. Melisa elogia esta forma de trabajar, que le permite conocer también personalmente a sus compañeros europeos. El último congreso se celebró en Madrid, pues el CSIC es uno de los centros asociados a esta red europea de investigación en diálisis peritoneal. Más de cien años después de la época en que Andrés Hurtado, el personaje barojiano, estudiaba Medicina en Madrid y se horrorizaba de su conservadurismo y ortodoxia, parece que la esterilidad científica y el atraso ya no tienen lugar en España, aunque todavía se pueda mejorar la comunicación con el público. Gracias a Melisa y a sus compañeros puedo presumir de conocer hoy mejor que antaño a mis moléculas y riñones.