Un cubano en Saint Gilles

Fidel Castro, Prime Minister of Cuba, smokes a cigar during his meeting with two U.S. senators, the first to visit Castro's Cuba, in Havana, Cuba, Sept. 29, 1974. (AP Photo)
Fidel Castro se fuma un puro durante su reunión con los dos senadores norteamericanos pioneros en visitar La Habana desde su ascenso al poder (29 de septiembre de 1974).(AP Photo).
Un cubano en Saint Gilles. Bruselas. 26/11/2016

Hoy me he levantado con la noticia de la muerte de Fidel Castro. Como un cubano que ha vivido casi toda su vida natural en Cuba y que, como pocos en estos tiempos, piensa regresar a vivir en la isla, el efecto inmediato es una especie de confusión, un sabor agridulce como bien lo caracterizó un amigo. Algo me queda claro: habrá muy pocos artículos de prensa que no conviertan a Fidel en dios o demonio. Por mi parte, trataré de usar mi vida en Cuba como filtro para discernir la verdad en ambos bandos.

La muerte de Fidel tiene la connotación histórica que merece la desaparición física de uno de los líderes más relevantes de la historia universal reciente. Sin embargo, todo el que diga que esto representa un momento crucial para Cuba desconoce totalmente el efecto que tiene Fidel hoy en Cuba. Fidel en Cuba es un símbolo, un icono, una figura paterna etérea a la que odiar o amar. Podría haber muerto cinco años antes o después de hoy y el resultado habría sido el mismo. No nos engañemos: en términos políticos, hace años que Fidel juega el mismo rol pasivo y mítico que jugará a partir de hoy.

Yo no viví el «esplendor» de la Cuba revolucionaria impulsado por la ayuda de la URSS, a excepción de las miles de historias nostálgicas que he tenido que escuchar a familiares y amigos de la generación de mis padres. Tampoco viví el fervor revolucionario de esa «tropa» que hizo sacrificios que se ubican en la frontera de lo verosímil. Yo nací con apagones, escasez de comida, transporte casi inexistente y todo lo demás del denominado «Período Especial» de los 90 en Cuba. Sin repetir consignas y ateniéndome a la experiencia solamente, nunca pagué una escuela, una consulta en el médico o una cirugía.

Es por esa dualidad de Cuba que resulta difícil, si no imposible, categorizar al principal responsable político de esa realidad. Fidel fue fundamental y decisivo en la realidad de Cuba desde el 59, incluso un poco antes. Sus detractores no deberían negar su mérito en los logros de la isla en materia de educación, salud, tranquilidad ciudadana, expectativa de vida y mortalidad infantil, entre muchos otros. Sus fanáticos más acérrimos deberían igualmente reconocer su responsabilidad directa por el Período Especial, consecuencia de la decisión de vivir de la URSS sin desarrollar un país autosustentable y económicamente independiente; el desangramiento provocado por sus campañas políticas, como su más reciente Batalla de Ideas; el sacrificio impuesto a nuestro pueblo en campañas, no solo bélicas, para intentar «salvar al resto del mundo subdesarrollado del capitalismo brutal», sin percatarse del mérito histórico que habría tenido convertir a Cuba en un país próspero y sustentable.

Los críticos tendrán que bajar la cabeza y reconocer que los profesionales educados en Cuba han hecho valer su calidad en todos los sitios a los que han llegado, y han sido muchos; mientras los idólatras reconocerán que esos profesionales calificados se han ido, y se seguirán yendo, de Cuba porque allí es casi imposible sostenerse económicamente con una profesión. Y ninguno de los dos bandos podrá negar que todo eso es, en gran medida, gracias a y a pesar de Fidel.

Ayer no murió ese hombre inteligente, carismático, gran orador, perspicaz, apasionado y también enajenado, inmoral, ególatra y pedante. No, ese Fidel se murió hace años. Ayer murió un ser humano conteniendo las sobras del Fidel que muchos aman y otros tantos odian. Los emigrados de Miami no le perdonarán sus defectos y errores, y celebrarán eufóricamente; como miles de jóvenes latinoamericanos que estudiaron en aulas cubanas solo verán ese mesías que los hizo médicos, y sufrirán su pérdida como la de un padre.

Lamento no poder regresar a Cuba hasta dentro de cinco meses cuando ya las aguas hayan bajado el nivel. Quisiera estar allí para rendirle el homenaje que merece Fidel y ver de primera mano las reacciones de mi pueblo. Por otro lado (Fidel siempre implica contradicción), prefiero ahorrarme los actos políticos, la propaganda, la mitificación de su imagen y, en la misma medida, los críticos estúpidos, los ciegos desmedidos en su odio, los héroes de bar que llevan toda la vida criticando y no hacen nada, y los morfeos del sueño americano que piensan, ilusamente, que ahora sí vamos a ser New York.

Como dijo un Camilo de mi generación: «Muere el hombre. Nace la idea. Ibbaé pa’l hombre en su ascenso».