Violeta en Innsmouth

Innsmouth Family
Innsmouth Family

Por Laura Cano

Al director de esta revista le apasiona un tipo de literatura muy particular. Tal vez no debería revelarlo yo, ni tampoco así, porque sí, aprovechando la libertad de prensa en un medio que no es exactamente de prensa sino de actualidad artesana, no manufacturada, y por tanto, más libre. Pero los lectores habituales tampoco deberían extrañarse de que uno de los cerebros responsables de estas páginas sea lovecraftiano. Lo que somos subyace en lo que hacemos. Por eso, la calidad y seriedad periodísticas de Acentos, se entremezcla con los diseños evocadores y alternativos, el humor negro pero elegante, y cada número trae un horroróscopo para supersticiosos.

Mi falta de discreción, que algunos tomarán por alarde vanidoso y otros por peloteo, quedará justificada, espero, en las próximas líneas. Es necesario que renuncie todavía más a la falsa modestia para explicar que los miembros de Acentos, como decía, suelen caracterizarse por la multiplicidad variopinta de sus pasiones, y por compartirlas. Estrechar lazos y construir puentes ya no son eufemismos, sino la realidad profesional de los jóvenes que todavía sueñan. Es la nueva solidaridad generacional: nos buscamos, colaboramos, nos pedimos consejo y nos hacemos las cosas gratis mutuamente. Esta red de sinergias creativas traerá consecuencias sociológicas y laborales importantes, y tiene ya efectos muy curiosos como, por ejemplo, que yo me interese por la siniestra historia de Innsmouth.

Así me hallaba, hace ahora dos semanas, sumergida en un relato de alquimias, epidemias y conspiraciones, que explican los desafortunados vaivenes de un pedazo olvidado  de Essex, muy próximo a Massachussets. El decadente Innsmouth es un pueblo portuario ficticio, pero casi tan real como la Provindence natal de su creador, Howard Philips Lovecraft, en la imaginación de sus forofos lectores. Porque leer a Lovecraft con asiduidad requiere ser forofo, pirrarse por el terror cósmico. Sentirse pequeñito deja de ser un problema de autoestima y se convierte en una herramienta para la creatividad. El lovecraftiano se recrea en fantasías en las que la raza humana sale muy mal parada, por vulnerable y ridícula frente a seres superiores e indiferentes o con muy malas pulgas. Así de morbosos son los lovecraftianos, gente normal y sonriente en el día a día, que en otros tiempos podrían haber sido tachados de brujos y hoy son sólo friquis literarios, eso sí, muy inteligentes. En esta época amable con su condición, no tiene riesgo ni mérito que yo me interese por sus inclinaciones. Ni es herejía ya, ni aún patología. Por eso me he atrevido a sumergirme en los mundos conspiranoicos de un planeta muy parecido al nuestro: la Tierra a merced de seres profundos, magia negra, dioses primigenios y corruptelas humanas insignificantes en el devenir universal.

Mapa de Innsmouth
Mapa de Innsmouth

El paradigma de toda anomalía parece hallarse en Innsmouth. Resulta insólito que un pueblecito recóndito y gris, sin apenas actividad comercial ni encanto, demuestre tanta evidencia de la existencia del más allá, es decir, de dimensiones fuera de nuestro alcance voluntario, pero que nos alcanzan. En 1846, Innsmouth sufrió una plaga que mermó su población. Desde entonces, al pueblo maldito y semiaislado, cuyos vecinos evitan por decrépito, le han salido escamas. Sus lugareños lucen una pinta anfibia, conocida como «la pinta de Innsmouth», y practican unas creencias paganas de ritos macabros. El promotor de tanta extravagancia es Obed Marsh, un comerciante marítimo que instauró la Orden Esotérica de Dagon tras sus viajes a la Polinesia. La Orden rinde culto a los profundos. Estas criaturas habitantes del fondo del mar no son tan tiernas como la sirenita y sus amigos. Atraídos por Obed Marsh desde la China con oscuros pactos, son los causantes de la atmósfera enrarecida del pueblo. Ellos rigen los designios de sus moradores y  el humor cambiante del mar.

La historia bien explicada la encontrarán los lectores en La sombra sobre Innsmouth de H.P. Lovecraft. A mí, forofa de Henry James, semejante avalancha de información destilada, es decir, extraída de datos que se conectan por lógica imaginativa –esa que funciona también en la paranoia-, y no por constatación testimonial ni cotidiana; me dispara todas las alarmas realistas. He aquí una relación desordenada de mis reflexiones: ¿cómo es posible que un pueblo repleto de tipos raros pase desapercibido en la tierra de la explotación patriótica? Innsmouth debería haberse convertido en otro Parque Orlando. Es cierto que sus condiciones climáticas no favorecen su desarrollo como atracción turística, pero es la pasividad la que no me cuadra, la de las autoridades dormidas y los vecinos indiferentes. Parece una duda tonta abocada a debates irrelevantes, en los que me meto, pero ni con esos consigo apaciguarla. Se entiende que Lovecraft imaginara un contexto de aislamiento en una etapa anterior a la globalización y la explosión de las comunicaciones. Hoy cualquier coachsurfer se habría hecho un selfie con un lugareño anfibioide y los profundos serían trending topic. Y sin embargo, hoy todavía prosperan las comunidades cerradas con costumbres herméticas en las que reina la impunidad o un sistema distinto al de la sociedad colindante. Sabemos de los Amish, de la cienciología y del turismo de la Barceloneta. Innsmouth no es menos plausible hoy, si acaso más popular. ¿De dónde procede, entonces, mi inquietud? No lo entendí hasta que me topé con Innsmouth, el verdadero. Estaba debajo de mí y me miraba con ojos grandes y abultados.

Es feúcha. Es realmente fea para una niña de su edad, pero no me atrevo a pensarlo así porque las niñas de su edad no pueden ser feas, como mucho feúchas o feítas. O acaso están feotas por haber llorado. Pero Violeta no llora. Aparece risueña, varias veces durante mi jornada laboral, buscando chocolate o cajas de cartón, o simplemente pasar un rato que no se le concede. Le falta un diente incisivo y el otro es grande como el de un conejillo. Está flaca -o flacucha-, tiene la piel amarillenta y el pelo rizado recogido en una coleta despeinada. Ni siquiera su chaqueta rosa violácea contribuye a mejorar su aspecto, pero me sirve a mí para llamarla de alguna manera. Cuando le pregunto su nombre, me enseña algunos dedos de las manos, tal vez queriendo indicarme su edad, que tampoco comprendo. Pero ella tiene sus propias preguntas. En realidad, su repertorio limitado le obliga a alternar entre dos, que no cesa de repetir, señalando esto y aquello: C’est combien?/ C’est quoi ça?

Violeta es una niña de la calle. Aparece cuando estoy cortando trufas, o metiendo Manneken Pis de chocolate en bolsitas, o cobrando a los clientes, o poniendo lazos a los sets de pralinés. Llega a despistarme tanto en plena vorágine consumista que debo pedirle que se vaya, por miedo a cometer un error de caja y meterme en un lío laboral. Me hace caso. Entonces, se despeja la tienda y pienso que el deber es muy subjetivo. Pero antes de llegar a esta conclusión, me he acordado de Innsmouth. Se ha resuelto mi contrariedad porque el Innsmouth de Lovecraft ya no me parece una contrariedad, sino una idealización de la decadencia, que vive aislada y se sostiene, sin que le pasen por encima la ciudadanía y miles de turistas.  El otro Innsmouth, el real, pisa el mismo suelo de la prosperidad y deambula alrededor de la Grand Place, que rebosa chocolateries y comercios. Sus integrantes lucen también la pinta de Innsmouth, que es el aspecto callejero de los sin papeles, sin techo y sin futuro.

Innsmouth by Btkmax
Innsmouth by Btkmax

Violeta es hija de gitana y corretea sin supervisión, enseñando su diente y su encía a los comerciantes, mientras las madres del grupo piden dinero. Siempre vuelve para aliviar mi conciencia culpable. «Tu es revenu!» le digo, pero no suena a reproche y, de todas formas, Violeta está acostumbrada a que la echen, así que no me guarda ningún rencor. Me sonríe precavida. Le doy un lápiz y una tarjeta de la tienda, sobre la que dibuja líneas asimétricas hasta que se aburre. Entonces me pide algo y le escondo un Mannekin de chocolate en una bolsa. «Au revoir!» exclama, y se va con su regalo. Pienso en la paradoja del obsequio al imaginarla comiéndose a otro niño de la calle, éste petrificado y condenado a hacer pis en una esquina, pero objeto de la atención diaria de miles de personas. Así, en otra vuelta de tuerca, se han resuelto todas mis dudas respecto a Innsmouth. He tardado un año en saber que vivo en él y comparto suelo y aire con sus lugareños. Este Innsmouth recibe visitas. También las recibiría el Innsmouth original, si a Lovecraft se le hubiera ocurrido ponerle una fuente diminuta para fotografiarse. Porque los visitantes no vienen a conocer Innsmouth, sino la dimensión superpuesta. Yo misma me había inventado otro pueblo, otro nombre, hasta que Violeta, que no conoce todavía bien su lugar, vino a alcanzarme desde el más allá, que está aquí mismo, cruzando dimensiones con infantil audacia. Había idealizado Innsmouth como un sitio del que verdaderamente es posible no saber nada. Ahora resulta que vivo en Innsmouth pero soy extranjera. Y no tengo papeles que lo certifiquen.